Niños y escuelas rurales

Niños y escuelas rurales

“Cardos… y Margaritas”, el Gaucho Florido (David Dipetta – 1938)

Nuevamente nos valemos de las palabras de Dipetta que escribe con un lenguaje absolutamente criollo, muy rico y demostrativo del habla de nuestro pasado campero allá por la primera mitad del siglo pasado.

El autor estimula a los padres a enviar a sus hijos a la escuela y vaya si tienen vigencia sus palabras en los tiempos que corren, donde la deserción estudiantil, el cierre de escuelas en el ámbito rural y la escasez de maestros son solo parte de los graves problemas que está sufriendo el sistema educativo uruguayo.

Ya estamos dende hace unos días cuasi en el primer mes de la iniciación de las clases; faltan tan poquitos días, que se pueden contar con los dedos de las manos; y otra vez, se abrieron las puertas humildes de las escuelitas rurales, pa recebir en la cálida simpatía de su salón sin lujos, a los gurises de nuestros hombres de campo; a los niñitos rurales que llenaron de alegrías, junto a la aves, los surcos fecundos de las tierras aradas; otra güelta, a la escuelita rural, con el símbolo maravilloso de su escudo y con la ternura viviente de la maistra, está pronta pa recibir a los que llegan buscando la luz pa sus almas y senderos pa sus ansias.

Y de nuevo, por los trillos soleados la caravana de gurises, a pie, en caballitos panzones, enancados, en sulki, de tuitas maneras, trazan el caminito de hormigas que los conduce a la escuela; ese senderito que aura, dispués de estas vacaciones, está cubierto e cardos y borrao pa la vista; pero que en cuantito lo recorran los niños, se va a dir aclarando, pa señalar como un tiento retorcido, la ruta que lleva de cada ranchito al colegio; y al mes no más, los pájaros gauchos de mi tierra, mirarán dende las alturas, cómo la escuela apreta en el mazo de su cordialidá y su ternura, las mil bordonas polvorientas, que saliendo de la clavija de cada casita, se juntan en la mesma puerta de la escuelita rural; por ellas galopan las ilusiones y las esperanzas de los gurisitos que arriban, tatuaos de sol y batizaos de rocío; por ella, se acercan a la vida útil y al futuro nomble, los hijos de nuestros campesinos, que llevan la ofrenda de su infancia en blanco, pa que los maestros les graben el monograma de su capacidá.

Y es fiesta grande del espíritu, promesa seria del porvenir y compromiso grave pa los padres, el saber mantener clarito y seguro ese sendero que une un rancho al colegio.

Y no quedarán sobre los surcos, los niños inclinaos en la siembra generosa; no quedarán gurises picaneando la yunta, ni veremos a los muchachos cuartiando la rastra.

Ninguno debe quedar en los ranchos; los reclama la escuela; los llama el clarín de paz de la cultura, lo ordena el derecho sagrao de los hijos, que deben iluminar su cerebro pa ser útiles pa ellos y pa los demás.

Negárselo al colegio, es negárselo a la vida; por encima de la utilidá que puede aportarle el niño, recogiendo la cosecha, está la cosecha de su inteligencia que tiene que recoger frente a la maistra.

Y si no le niega la medecina cuando una dolencia lo maltrata; si lo apartan de los cuadros de tierra, cuando el sol apreta y castiga, pa defenderlo de posibles males, nada menos pueden hacer, al desprenderlo de los surcos pa que alimente su espíritu con las luces que le dará la escuelita, humilde, pero altamente servida por honestos y esforzados mensajeros, heroicos en su modestia, abnegados en su esfuerzo y nobles pa sentir la igualdá de los anhelos y sembrar parejo, pa que la cosecha sea por igual rica y sana.

Hermano labrador; gaucho amigo de las campiña de mi patria; llama a las filas la cultura nacional; llama el deber de hacer de nuestros hijos, seres útiles a la vida; llama la dignidá irrevocable de los padres, pa que se cumplan los más altos deberes de amor pa los cachorros; llama la escuela, y el que tenga sordera pa ese canto triunfador, el que sienta indiferencia pa ese envite, el que mida utilidades pa el trabajo de sus hijos, antes que el hermoso tesoro de su cultura, ese, no es digno de vivir en mi patria, ni merece el aprecio de naides.

Hermanos de los campos; hombres rudos hechos de fatigas y noblezas; vuestros hijos no deben ser menos que los niños de las ciudades; hay algo que se da por igual a tuitos los gurises de mi patria: educación e instrucción.

Allí está la escuela; que se llene de niños, que se inunden de cantos, que se cumpla la sagrada misión que ha diseminao a las maistras, verdaderas apostolesas de la gloria nacional, por tuitas la sendas de nuestra tierra, en misión bella y trascendente de altísimo postulao patriótico.

Ellas lo pueden hacer y lo realizan con la altura moral y espiritual, que cabe esperar en quienes no desdeñan a la alternativa de una vida ruda y fuerte, hermanadas a las inquietudes de la existencia campesina, trocando la dulzuras regalonas de las ciudades, por la naturaleza no siempre cordial de la vida en los ambientes rurales.

Labrador: gaucho amigo; que vuestros hijos tengan sí, la marca ruda de los soles fieros de los campos nuestros; que ostenten la yerra clara de porte nativo; que tengan güellas en las manos y amaneceres en sus pupilas: que lo tengan, porque eso es escudo de honor; pero que no marchen por la vida, con la marca negra de la ignorancia, sumidos en la oscuridad del analfabetismo, ellos, que tuvieron enfrente mismo de la portera, una escuela y dentro de ésta, una maístra.

No; eso no lo perdonaría nadie y menos mañana, vuestros propios hijos, a los que habrías condenado a la infelicidad y a la tortura amarga de sentirse menos en mi patria, ande un solo ideal es el norte de tuitas las aspiraciones constitucionales: la Igualdad.